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En su día de descanso, Piccoletto se ha ido hasta el Vaticano, donde, en plena Via di Porta Angelica, su madre vende higos. Es un domingo como otro cualquiera. La plaza de San Pedro se encuentra atestada por cientos de turistas, ruidosos y conducidos como borregos, se arremolinan a la entrada de la iglesia o en los puestos de baratijas que prometen suerte y fortuna ad æternum.

Desde donde está sentado, el muchacho ve todo ese trasiego de gente en un constante ir y venir como si fuese un espectáculo. Y en ese momento también es consciente de que una chica sentada enfrente suyo le está mirando, y él, lejos de arrugarse, no dejará de insinuarse…

Así transcurren muchos de esos domingos, largos y tórridos, en una dejadez interminable que oculta sin embargo un abrupto juego de insinuaciones y provocaciones mutuas.

Pero esos días son apenas un pequeño oasis en medio del desierto. Porque, entre semana, el hijo de la vendedora de higos, cuyo nombre es Damino, pero al que todo el mundo llama Piccoletto, se gana la vida en un puesto de venta de pescado en la Piazza Vittorio Emanuele. Rodeado de vísceras y olor a podrido, es un habitante más de una Roma alejada del souvenir turístico. A su lado, la gente rebusca entre la basura algo que llevarse a la boca. O un poco más allá, un yonqui limpia una jeringa en una fuente pública. Es uno más en una ciudad oscura y marginal, castigada bajo un calor asfixiante.

Pero a sus dieciséis años, Piccoletto no piensa en esas cosas. Tiene todo el mundo por delante, al alcance de la mano, y toda una vida para exprimirlo. Quiere embriagarse de ella hasta perder la razón. Quiere probar, saborear, tocar, conocer absolutamente todo… porque, a los dieciséis años él también se cree inmortal.

Natura morta es precisamente lo que su título dice: una naturaleza muerta. Un gran bodegón donde su autor es capaz de dibujar a unos personajes que nada tienen de asombrosos y si mucho de reales. Es una narración insólita, extraña y a ratos grotesca. La acción es mínima y está ralentizada al máximo, como si se tratase de algo completamente secundario. Es una lectura, pese a su brevedad, que requiere su tiempo. Debe ser degustada poco a poco y sin ningún tipo de prisa.

Josef Winkler (Kamering, Austria, 1953) juega como un orfebre a pulir minuciosamente sus personajes, a dotarlos vida, sin olvidar sus grandes obsesiones: la iglesia, el sexo, la muerte. Resalta sus gestos, sus maneras, su sensualidad, más o menos soterrada, y los coloca dentro de un gran cuadro costumbrista, el de una Roma bulliciosa y callejera, extraña y familiar a la vez.


Natura morta: novela corta romana
Josef Winkler
Traducción de Miguel Sáenz
Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2003. 102 p.
ISBN: 84-8109-436-6

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